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De cuando empecé a querer a mi físico y a culpar porfin a la gordofobia

El otro día este tuit me apareció o cayó del cielo, mejor dicho. Me lo envió una amiga, creo. El caso es que me hizo pensar por primera vez en el concepto de “gordofobia” (sí, puede ser que sea una palabra inventada, pero ES una realidad), y también en mí y en mi percepción sobre mi cuerpo. Quiero pensar que con la madurez y el paso de los años me he librado, no del todo, de ideas autoimpuestas entorno a que mi cuerpo no es bonito, o no es suficientemente delgado, o no le gusta a la gente.

Las he llamado “autoimpuestas“, pero en realidad tienen la raíz en el contexto (meaning, sociedad que premia la delgadez, resumiendo mucho, mucho). Quiero decir que son percepciones sobre mi misma que nunca han dependido de mí: de alguna manera yo no las he creado, pero de forma inconsciente se han ido apoderando de mí. Así que quitaría el “Auto”. 

No pretendo con esto que vas a leer a continuación ponerme en una posición ni de víctima ni de heroína por haber sentido “gordofobia” en su momento y haber casi conseguido (aún me queda) pasar olímpicamente de mirarme al espejo y pensar que mi cuerpo no vale, pero que el de mi amiga sí, porque es más delgado. 

Ni tampoco pretendo poner mi caso como ejemplo de nada, ya que nunca he estado en una situación extrema de sufrir una enfermedad mental por culpa de esto, ni quiero frivolizar los casos que son así. Esto no es culpa de uno mismo, ni se es más débil por haberse sentido más o menos víctima de la “gordofobia”. Tampoco pretendo atacar a la gente que es delgada porque su cuerpo es así o porque se ha esforzado mucho por serlo.

Solo quiero reflejar la crueldad que supone la batalla psicológica interna de hacerle entender a una adolescente (porque sí, afecta más a las mujeres) que su peso o su talla no son correctos. 

Tenía alrededor de 16 o 17 años cuando por primera vez me miré en el espejo y no me gustó lo que vi. Me estaba probando los pantalones de esquí para ir con el colegio a esquiar. (Trajes de esquí, prenda de la que casi nadie se salva de parecer un puff humano). Aunque me compré esos con el tejido más fino para buscar parecerse a la Bella Hadid de turno esquiando (Bella I really love you), el efecto, no te estoy haciendo ningún spoiler, no era el mismo.

Empecé a llorar sentada en la cama cogiendo con fuerza la parte de los muslos que me “sobraban”. También tomé el hábito de medirme los muslos con una cinta de costura y ponerle marcas. Era la primera vez que hice un scaner de mi cuerpo en profundidad y vi que había muchas cosas “mal“: demasiado culo, demasiada tripa, demasiados muslos… 

Y desde entonces la sensación empezó a crecer con los meses: en esta foto se me ven los brazos muy grandes, si me siento así se me ve una pierna enorme y me marca la celulitis, si me pongo unos shorts muy cortos se nota que no tengo las piernas finas y esbeltas…

Y de ahí surgieron dos cosas: 

1.La inseguridad: puedo ser graciosa, lista, simpática, tener una cara bonita… Pero.. ¡Ay! esta gente seguro que está mirando que tengo las piernas demasiado grandes. Mejor me callo para que no me miren o me siento para que no puedan verlo. O mejor no le entro a este chico que me gusta porque con este culo ni se va a fijar en mi. Y así un sinfín de pensamientos envenenados de los que no podía salir.

2.La comida. Probé con reducir las cantidades (solía esperar hasta bien entrada la noche a que me rugiera la barriga, y si no lo hacía, me iba a dormir sin cenar), comer hojas verdes todo el puñetero día sin tener ni idea de nutrición, hacer deporte para quitarme esos kilos horribles. Pero, claramente nada de esto funcionaba. Fui a la dietista, quien al verme entrar me dijo (cosa que me la resbaló, estaba demasiado convencida) que yo no necesitaba ninguna dieta, que estaba muy bien. 

No sé si habrás hecho alguna dieta para perder peso siendo adolescente. Si la has hecho, conoces el desgaste mental y emocional que es y si no, te lo cuento:

Tienes 16 años, estás en edad de crecer y estudiar mucho, y lo que el cuerpo te pide es un bocata de salami porque necesitas MUCHA energía en esta etapa de tu vida. Pero tú le das unas nueces con una manzana. Por un lado, es casi imposible renunciar a comer cosas con grasa y te aportan muchas calorías que necesitas. Entonces entras en una lucha contigo misma en la que te vas (metafóricamente hablando) picando la mano para no comer lo que el cuerpo te pide. Y es agotador. E insatisfactorio, porque rara vez las dietas para adelgazar dan los resultados esperados.

Así que estoy yo, con 18 años, con un nuevo hábito tóxico de decir que no a muchas cosas buenas que se me ponen por delante (imagínate un brownie de chocolate). Y al día siguiente comiéndomelo porque no me he podido resistir y sintiéndome culpable

Y empecé a vivir con esto de forma permanente. Era mi nuevo yo: insegura por no tener un cuerpo bonito y en una pelea constante con la comida.

En la universidad salí del entorno colegio-casa y, había más diversidad en cuanto al aspecto. Tampoco mejoraba mucho la cosa, pero me relajé un poco. Recuerdo como lentamente empecé a ponerme ropa un poco más llamativa de la que solía llevar normalmente, pero esta vez creyéndome de verdad que me quedaba bien

Por ejemplo, para salir. Y me empecé a sentir como un mini pavo real con su ropa nueva bien llampant (no conozco la traducción al español). Y mis amigos me empezaron a decir que me veían bien de aspecto y de ánimos, que se me veía en la cara. Y poco a poco empecé a curar los micro traumas que me había creado con sus comentarios

Siempre en función de lo que dicen los demás, es así.

Pero mi autoestima en cuanto al físico hizo un clic cuando me fui de Barcelona, de Erasmus. Allí vi que había estado viviendo entre gente que no era normal, eran una excepción. La gente que vi allí sí lo era. Gente natural, con más o menos peso, (muchas no se libraban tampoco de sentirse culpables en cuanto al físico), pero allí lo normal no era para nada estar delgado. Era ser “normal”, o por lo menos eso me parecía.

Así que aquí viene la parte más incongruente de mi historia con el físico y que es un ejemplo de que todavía nos creemos que el premio aquí es estar delgados. Con tanta batalla me había consumido con los años y debía pesar ya 10 kgs menos que cuando empezaron mis problemas unos 5 años atrás. Pero me sentí por primera vez atractiva. Por compararme con gente que no era tan delgada como yo. Y que los demás me dijeran la terrible frase de: “estás más guapa, ¿has adelgazado, no?”, una y otra vez.

Y con mi autoestima recuperada porque por fin la gente me veía más delgada que antes, volví aquí con una sensación que nunca había tenido: que sí entraba en un sitio la gente me iba a mirar y le iba a gustar mi físico.

Ahora que ya estaba a gusto, empecé a madurar lo que me había pasado con este asunto que había tenido tanto peso en mi vida. Y pensé que había sido una hipócrita por quererme más ahora que estaba un poco más delgada.

Así que hará unos 3 años, “decidí”, o más bien, empecé a cambiar el chip, intentando ser más yo: una persona que no es un palillo, que tiene curvas, que adora comer cosas buenas, combinarlas mucho (importantísimo) con cosas sanas y hacer el deporte justo. Y si eso conlleva ganar peso, que lo ha hecho, bienvenido sea. Porque entendí que el estar contenta con una misma no vendría por si pesaba más o menos. Si no con estar contenta de verme tal cual estaba en ese momento. Y me está funcionando muy bien. 

Si te sirve de algo, tiré la báscula. 

Intenté mentalizarme de que está bien engordar porque una semana me la he pasado llorando y comiendo mucho helado y de que me daría igual. Que no intentaría luego eliminar ese michelín porque no hay ninguna ley escrita que ponga que una no pueda tener un michelín.

Que si me sintiera energética saldría a correr. O a patinar, porque me guste ese deporte, no porque no me guste mi cuerpo. O porque me sintiera fuerte al practicarlo muchas veces.

Que si es mi p*to cumpleaños y me hacen soplar las velas, me voy a comer el pastel. Y al día siguiente estaré feliz, porque habré hecho lo que me apetecía y si engordo porque tengo 3 cumpleaños en una semana, esta felicidad será superior a la decepción de haber engordado

Y de momento vivo con este chip, que no está libre del odio que tuve a mi propio cuerpo cuando era adolescente, ya casi no lo siento. Las reminiscencias por allí están en mi subconsciente pero algún día se irán. O no. 

Así que para cerrar una etapa llegó este maravilloso tuit. Y me ayudó a ponerle un nombre a mi tortura con el físico. 

Fin de la historia.

PD: Con esta última parte no estoy juzgando a nadie por hacer mucho deporte o por comer lo que le venga en gana. Ni estoy premiando a los que se sienten bien consigo mismos y culpando a los que no, ni de que todo el mundo se deba sentir como yo. Solo estoy hablando de mi. Besis.

Imagen de portada de Freepik

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